Pintar en el camino
Cómo dejar de buscar el momento perfecto cambió mi forma de dibujar viajando
Hace unos días estuve de ruta por el Valle de Ordesa. Nunca había estado allí y la verdad es que superó por completo mis expectativas. Me encantó recorrer sus senderos y descubrir un paisaje tan espectacular. Hayedos, paredes de roca y cascadas que hicieron que la ruta mereciera la pena de principio a fin.
Y como me pasa siempre que veo algo así, mi cabeza empieza a trabajar sola. Antes de darme cuenta ya estoy pensando en cómo lo pintaría. Cuál sería el encuadre. Qué dejaría fuera y qué metería dentro. Qué colores usaría para esa luz…
El problema es que viajar con gente, con un plan compartido, con un ritmo que no es solo tuyo, hace muy difícil pararte a pintar durante horas. No puedes decirle al grupo “esperadme, voy a estar aquí sentado dos horas con la acuarela”. Y al final del viaje solo había dibujado el hotel donde nos alojábamos. Poco más.
Durante un rato eso me frustró. Tenía Ordesa entero delante, uno de los paisajes más espectaculares que he visto en años, y apenas había sacado los pinceles. Me sentía casi culpable, como si hubiera desaprovechado la oportunidad.
Una frustración con origen claro
Llevo tiempo dándole vueltas a esto y creo que esa frustración viene de un planteamiento equivocado desde el principio.
Cuando pienso en pintar en un viaje mi cabeza imagina automáticamente un escenario muy concreto: varias horas libres, sin prisa, buena luz, un sitio cómodo donde sentarme, silencio. Básicamente las condiciones de mi estudio, pero trasladadas a un paisaje bonito. Y ese escenario casi nunca llega cuando viajas con otras personas, con itinerario, con horarios que no controlas del todo.
El error no está en como está planteado el viaje. Está en la expectativa que llevo encima antes de empezar.
Si espero ese momento perfecto, lo más probable es que nunca llegue, y entonces vuelvo a casa sintiendo que he fallado en algo que ni siquiera dependía de mí.
La expectativa era el verdadero obstáculo
Casi cualquier viaje, por intenso que sea el itinerario, tiene huecos. Tiempos muertos esperando un tren, un rato de descanso después de comer o una sobremesa que se alarga. Esos huecos existen casi siempre, aunque no se parezcan en nada al escenario ideal que tenemos en la cabeza.
Ahí es exactamente donde hay que sacar los pinceles. No cuando todo sea perfecto, sino cuando aparezca un hueco real, por pequeño que sea. Treinta minutos son suficientes para un boceto rápido. Cinco minutos son suficientes para anotar unos colores y una composición o incluso una simple idea que luego puedas desarrollar en casa, si quieres.
El cambio de mentalidad es sencillo de explicar pero no tan sencillo de interiorizar: dejar de buscar el momento perfecto para pintar, y empezar a aprovechar los momentos disponibles para pintar.
A a por la obra de tu vida
Aquí está, creo, el punto que de verdad cambió mi forma de verlo.
Sacar el cuaderno en mitad de un viaje con la intención de hacer una gran obra es, casi siempre, un error de planteamiento. Y no lo digo por pesimismo, lo digo por experiencia.
Vas a estar incómodo, probablemente sentado en una piedra o de pie apoyando el cuaderno en una mano. Estar al aire libre va a secar el agua del papel mucho más rápido de lo que estás acostumbrado, así que tendrás menos tiempo para trabajar. No tienes tu mesa, tu luz controlada, tu rutina de trabajo de siempre.
Con todo eso en contra, las probabilidades de que ese boceto se convierta en la mejor pieza que hayas hecho en tu vida son, sinceramente, bajas. Y está bien que así sea.
Sacar los pinceles en un hueco del viaje tiene un valor que no tiene absolutamente nada que ver con el resultado final. Te conecta con el lugar en el que estás de una forma que mirar y hacer una foto nunca consigue. Te obliga a observar de verdad: la dirección de la luz, los colores reales, las formas que tu cerebro normalmente simplifica cuando solo mira de pasada. Activa los sentidos. Te obliga a parar, a estar completamente presente, sin prisa (y sin mirar el maldito móvil). Solo tú y lo que tienes delante.
Cuando terminas, guardas el material y sigues con el viaje. Esa pausa ya ha cumplido su función, independientemente de cómo haya quedado el papel.
Cambia el objetivo
En vez de estar persiguiendo la “gran pieza” cada vez que abres el sketchbook, piensa en términos de bocetos. Usa el sketchbook para lo que fue diseñado originalmente: hacer sketches. En coger el truquillo de pintar al aire libre, que es una habilidad distinta a pintar en el estudio y que solo se entrena practicándola. Aprovecha esos huecos para experimentar con posturas: sentado, de pie, apoyado en una mochila. Prueba paletas reducidas que te obliguen a decidir rápido. Prueba formatos pequeños que se resuelvan en pocos minutos.
Cada uno de esos bocetos rápidos, te enseña algo que no conseguirías quedándote solo en casa. Cómo reacciona tu papel con el viento. Cómo cambia tu percepción del color con luz natural cambiante. Cómo te las apañas cuando no tienes todo bajo control.
Y si de verdad no hay ni un hueco para sacar el material, hay algo que siempre puedes hacer: fotografiar. Un viaje así es el momento perfecto para acumular referencias. No desaprovechemos esa oportunidad. Luego, en casa, con calma, esas fotos se convierten en el punto de partida de futuras acuarelas.
Y aquí va lo más importante de todo: un viaje no es, en el fondo, sobre pintar. Es sobre disfrutar del tiempo con los tuyos. Si surge un rato, sacas los pinceles y aprovechas. Y si no surge, no pasa nada, ya habrá otra montaña, otro valle, otra oportunidad. El cuaderno puede esperar. La compañía, no siempre. No dejes que un hobby que disfrutas tanto se convierta en una fuente de frustración solo porque no has vuelto a casa con la pieza perfecta.
Para terminar
Ordesa me dejó un único dibujo. Pero también me dejó esta reflexión, que probablemente me sirva más a largo plazo que diez bocetos técnicamente perfectos.
La próxima vez que viaje con la idea de pintar, no voy a buscar el momento ideal que probablemente no va a llegar. Voy a aprovechar los huecos que aparezcan, sin esperar que cada trazo sea memorable, sin cargar mi pasión con la presión de demostrar algo.
Si alguna vez has sentido esa frustración de no haber pintado lo que querías durante un viaje, cuéntamelo. Me interesa mucho saber cómo lo gestionáis vosotros, y seguro que no soy el único al que le pasa.
Por cierto, esta semana en Patreon aplicamos en vídeo los conceptos que vimos las semanas anteriores. Un ejercicio completo, paso a paso y a color, de un pueblo mediterráneo. Si quieres ver toda esa teoría puesta en práctica sobre el papel, está en Taller.
Que tengas una feliz entrada del verano. Nos leemos en la próxima
Atte.: Ander Watercolor





