La mayoría de la gente no pinta mal
Pinta con miedo
Curiosamente, hay algo que veo prácticamente en todos los alumnos que empiezan a pintar con acuarela. No tiene nada que ver con la técnica ni con el talento. Tiene que ver con el miedo.
Ese miedo se nota enseguida en la forma de pintar. En lugar de una pincelada decidida, usan muchas pequeñas. En lugar de utilizar un pincel grande, se escoge uno más pequeño porque parece más fácil de controlar. Se repasa una y otra vez la misma zona intentando corregir cualquier imperfección.
Creo que parte del problema es que muchos principiantes entienden la acuarela como si consistiera en colocar color sobre el papel. Pero la acuarela es agua. Tiene que inundar el papel. Hay que pensar en charcos, en superficies húmedas, en pigmentos que se mezclan. Hay que mojar el papel y atreverse a trabajar con agua, no limitarse a depositar pequeñas cantidades de color intentando mantener el control absoluto.
Es una actitud completamente comprensible, pero suele producir el efecto contrario al que buscamos.
La acuarela castiga el exceso de control
Cuanto más intentamos dominar cada detalle, más rígido suele ser el resultado. Las acuarelas que transmiten frescura y naturalidad casi siempre tienen algo en común: fueron pintadas con cierta confianza, aceptando que no todo iba a salir exactamente como estaba previsto.
También veo ese miedo en la forma de usar los materiales. Muchos alumnos intentan ahorrar pigmento, reservan las mejores hojas de papel para “cuando tengan más nivel” o sienten cierta incomodidad cada vez que utilizan materiales caros para hacer ejercicios.
Y es verdad: el papel de acuarela cuesta dinero. Los pigmentos cuestan dinero. Todo este hobby cuesta dinero.
Pero el papel no está para guardarlo. Está para usarlo. La pintura no está para permanecer intacta en la paleta. Está para gastarse.
Resulta difícil mejorar cuando cada práctica se siente como una pérdida potencial de material. Aprender implica equivocarse muchas veces, y esos errores inevitablemente consumen papel, agua y pintura.
No puedes mejorar intentando protegerte de cada error.
Cada hoja que acaba en la papelera suele estar comprando experiencia para la siguiente.
Sin embargo, el miedo más limitante no suele aparecer en el papel, sino en la forma en la que hablamos de nosotros mismos.
Lo escucho con frecuencia en frases como: “Yo no soy buen@ pintando”, “No tengo talento” o “Nunca llegaré a ese nivel”.
La realidad es que probablemente sea cierto que hoy no pintas tan bien como te gustaría. Pero eso no significa demasiado. Nadie nace sabiendo controlar la humedad del papel, mezclar colores o construir una composición interesante. Son habilidades que se aprenden.
A veces actuamos como si nuestra capacidad estuviera ya definida, como si hubiéramos llegado a una versión final de nosotros mismos. Sin embargo, la experiencia demuestra lo contrario. Somos mucho más moldeables de lo que creemos y capaces de aprender mucho más de lo que imaginamos.
Además, esta forma de pensar no aparece solo en la pintura. La escucho constantemente en todo tipo de ámbitos. “Yo soy tímid@”, “soy torpe”, “soy muy cabezota”, “no se me dan bien las manualidades”. Lo decimos como si fueran características que nos hubieran sido asignadas el día que nacimos y no hubiera nada que hacer al respecto.
Personalmente, soy un firme opositor de esa idea. No porque crea que podamos convertirnos en cualquier cosa de la noche a la mañana, sino porque he visto demasiadas veces a personas cambiar habilidades, hábitos y formas de comportarse que ellas mismas consideraban parte inamovible de su personalidad. Yo estoy entre ellas.
Quizá hoy no seas buen@ pintando. Pero eso no significa que seas “una persona que no sabe pintar”. Significa simplemente que todavía tienes mucho que aprender.
No te olvides de disfrutar
También ayuda recordar algo que a menudo olvidamos: esto tiene que ser disfrutable.
Es fácil terminar una sesión de pintura pensando únicamente en todo lo que no ha salido como queríamos. En las mezclas que no funcionaron, en el efecto que todavía no nos sale… Si siempre ponemos el foco en lo que nos falta, la sensación será que nunca avanzamos.
Intenta fijarte también en lo que has aprendido. Quizá hoy has entendido mejor cómo se comporta el agua. Quizá has hecho una pincelada más segura que la semana pasada. Quizá has probado una combinación de colores nueva.
Todo eso cuenta.
La mejora en acuarela rara vez ocurre de golpe. Suele llegar acumulando pequeños aprendizajes que, vistos por separado, parecen insignificantes. Disfrutar del proceso consiste precisamente en eso: en valorar lo que ya has recorrido en lugar de obsesionarte con lo que todavía no has conseguido.
La próxima vez que te sientes a pintar, prueba a hacer algo diferente. Utiliza un pincel un poco más grande. Carga más pigmento del habitual. Usa más agua. Haz menos pinceladas. Y, sobre todo, permítete estropear una hoja de papel si es necesario.
La confianza no aparece cuando ya sabes pintar. Aparece cuando aceptas que durante un tiempo vas a pintar acuarelas mediocres para poder pintar buenas más adelante.
Y ese proceso, aunque a veces resulte incómodo, es exactamente el camino que siguen todos los acuarelistas que admiras.
Que pases una feliz tarde.
Atte.: Ander Watercolor



