El otro día estuve hablando con un buen amigo.
Me contaba que, aunque había estado varias semanas de vacaciones, apenas había conseguido avanzar en el proyecto personal que tiene entre manos. Un proyecto en el que lleva trabajando un año y con muchas ganas.
El problema es que durante esas semanas habían ido apareciendo cosas constantemente. Me decía que por las mañanas se levantaba pensando que ese día sí. Que desayunaría tranquilamente, se sentaría un rato y aprovecharía para avanzar. Pero antes de darse cuenta ya eran las once, tenía que hacer unas compras, luego preparar ir al banco y después había quedado para tomar algo. Al día siguiente aparecía otra cosa. Y al siguiente otra.
Lo curioso es que, mientras me lo contaba, tampoco parecía que hubiera estado especialmente ocupado. No había tenido grandes compromisos ni nada extraordinario. Simplemente, una cosa detrás de otra, había ido ocupando todo el tiempo que tenía disponible.
Me hizo gracia porque creo que esto nos pasa a todos.
De hecho, esa conversación me hizo darme cuenta de la cantidad de decisiones que llegamos a tomar en un día sin darnos cuenta. Pequeñas, casi invisibles, pero constantes. Y cómo cada una de ellas consume un poquito de energía mental, como si fueran pequeñas piedritas que vamos metiendo en los bolsillos.
Trayéndolo al terreno de la pintura, si sabes que solo dispones de una hora para pintar, no te planteas demasiado las cosas. Sacas el papel, preparas la paleta y empiezas.
Pero cuando tienes toda la tarde por delante, es muy fácil que esa tarde desaparezca.
Primero toca pensar qué vas a pintar. Luego la referencia. Después miras un rato Instagram o Pinterest en busca de inspiración. Ordenas un poco la mesa. Te haces un café…
Y cuando quieres darte cuenta, ya son las siete.
Te suena, ¿verdad?
Aquí es donde entra un concepto que me gusta mucho: la fricción.
Hable en su día de este tema, pero creo que merece la pena recordarlo. La fricción es ese conjunto de pequeñas decisiones y preparativos que hay entre tú y ponerte a pintar. No son grandes obstáculos por separado pero juntos forman uno bien grande. Elegir el tema, buscar la referencia, despejar la mesa, sacar los materiales… cada paso añade un poco de resistencia. Y cuando tienes mucho tiempo disponible, esa fricción se expande y ocupa todo el espacio.
Este término se usa mucho en psicología del comportamiento. Yo lo aprendí de James Clear quien lo popularizó en su libro Hábitos atómicos con la idea de “reducir fricción”:
si quieres hacer algo más a menudo, haz que empezar sea lo más fácil posible.
En pintura funciona igual.
Y, en mi caso, después de muchos intentos y muchas tardes que se me han ido sin pintar, estas son las tres cosas que más me han ayudado de verdad:
Mantén la mesa despejada
Para mí, esta es la más importante. Tener el espacio listo, sin tener que mover cosas ni preparar nada, cambia por completo la dinámica. Si cada vez que quieres pintar tienes que reorganizar la mesa, ya empiezas cuesta arriba. En cambio, si tus acuarelas y pinceles están ahí, a mano, sentarte es suficiente para empezar.Limpia la paleta al terminar
Es muy tentador dejar los restos de color pensando que ya lo limpiarás mañana. Pero eso añade un pequeño obstáculo justo antes de empezar. Una paleta limpia invita a pintar. Una sucia invita a aplazar.Apunta las ideas cuando llegan
La inspiración aparece cuando quiere, no cuando tú te sientas a pintar. Por eso es clave anotarlo todo: en el móvil, en una libreta, donde sea. No te imaginas la cantidad de ideas que tengo guardadas en la aplicación de notas. Si cada vez que te sientas dependes de recordar aquella idea brillante que tuviste hace semanas, estás añadiendo fricción.
Y ahora tengo curiosidad: ¿tú tienes alguna clave que te funcione? Algún truco, hábito o pequeño gesto que te ayude a ponerte a pintar sin pensarlo demasiado. Me encantaría escucharte.
Nos vemos en dos semanas.
Un abrazo.




