Crear para no desaparecer
Por qué he dejado de invertir tiempo en hobbies que no dejan huella
Hay una costumbre a la que vuelvo cada vez que paso por Madrid: perderme en El Rastro los domingos. Sin prisa. Es un lugar extraño y fascinante a partes iguales. Un museo improvisado de las cosas que alguna vez fueron importantes para alguien y que hoy esperan una segunda oportunidad sobre una mesa plegable.
Entre muebles viejos y libros subrayados por desconocidos, hay algo que siempre me llama la atención: la cantidad de vida acumulada en forma de cosas. Cachivaches, en su mayoría antiguos. Restos materiales de decisiones, aficiones, modas y rutinas que, con el tiempo, dejaron de tener sentido para quien las guardaba.
La última vez me encontré con algo que me detuvo. Una caja llena de consolas antiguas, Game Boys y las primeras cámaras digitales. Hoy se venden como vintage. Hace no tanto, eran parte de mi día a día. Yo jugaba con ellas. Les dedicaba horas. Me entretenían, me absorbían, me hacían perder la noción del tiempo.
Y ahí me di cuenta de algo.
Todo ese tiempo invertido no dejó huella.
No hay nada que pueda señalar y decir: “esto lo hice yo”.
De la Play solo queda un recuerdo difuso de pantallas que intentaba pasar.
De la Game Boy, la sensación de haber matado tardes enteras.
De aquellas cámaras digitales, probablemente ni siquiera queden las fotos: se perdieron con el ordenador de entonces, como se pierden tantas cosas cuando no sabemos que algún día querríamos conservarlas.
No es una crítica a jugar, ni a descansar, ni a desconectar. Es otra cosa.
Es la sensación de haber dedicado energía a algo que, con el tiempo, se volvió invisible incluso para mí.
Y me dio pena.
Porque fueron pasatiempos que no dejaron rastro. Hobbies que se consumieron en el momento y se evaporaron después. No construyeron nada que pudiera volver a tocar años más tarde. No dejaron una marca en el mundo físico que me devolviera a quien yo era entonces.
En un mundo cada vez más digital, cada vez tiene más sentido volver a hobbies que dejen huella. Actividades donde mano y mente conviertan el tiempo en algo tangible mediante el aprendizaje. Algo que exista fuera de la pantalla y de la memoria.
Carpintería.
Artes plásticas.
Cerámica.
Dibujo.
…
Cualquier forma de crear con las manos.
No porque sean mejores hobbies, sino porque nos devuelven algo que el consumo rápido no nos da: la sensación de haber creado en lugar de solo haber pasado por ahí. La experiencia de ver cómo algo que no existía empieza a existir gracias a ti. Aunque sea imperfecto. Aunque no sea bonito. Aunque solo tenga valor para quien lo hizo.
Me gusta pensar que dentro de unos años podré mirar una obra creada por mí y sonreír. Ver con ternura lo que mi mente de aquel entonces fue capaz de imaginar utilizando sus manos. Recordar no solo lo que hice, sino quién era cuando lo hice. Qué me preocupaba. Qué me emocionaba. Qué me costaba.
Crear deja un rastro de nosotros mismos en el tiempo.
Y hay una imagen que siempre vuelve cuando pienso en esto. Cada vez que abro el sketchbook y me topo con el dibujo del Coliseo de Roma, regreso automáticamente a aquella escena. A mi alrededor, los turistas reían, hablaban idiomas distintos, disfrutaban de sus vacaciones. Yo estaba allí, sentado, observando, intentando atrapar con un lápiz una escena que sabía que iba a desaparecer en minutos.
Ese dibujo no es una obra maestra.
No está colgado en ninguna pared.
Pero existe.
Y existe porque yo estuve allí, presente, creando en lugar de solo mirar.
A veces creo que de eso va todo esto: de elegir, cuando se puede, dejar una pequeña huella en vez de desaparecer del todo en el consumo de momentos que no vuelven.
Gracias.
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Gracias por estar aquí y por seguir creando con tus manos.
Nos leemos muy pronto 💛
Atte: Ander Watercolor





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